Moscú lleno eres de desgracia

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En la ciudad de Piura, la gente de pocos recursos económicos se reúne siempre a beber chicha o cerveza en distintos puntos de la ciudad, el point más frecuentado es Moscú. Cada ciudad guarda en su seno algo parecido. Todo se entremezcla y se vierte al calor del día o la oscuridad de la luna. La gente le tiene respeto y sabe que entrar allí es un peligro. Al parar un taxi y decirle que me lleve allí se rió y me dio la bendición. Por eso, le pido a un amigo me acompañe a conocer esta costumbre de parte de la sociedad piurana.  

  

La zona conocida como Moscú es una cloaca humana. Nadie puede dejar de pasar sin espantar con sus manos a las moscas que hacen honor al nombre de la zona. Apenas se llega a la segunda cuadra de la avenida Blas de Atienza, los latidos, al escuchar el reventar de una botella, empiezan a apurarse. No se puede voltear porque cada quien resuelve sus problemas. Sentarse en una mesa y pedir una cerveza es salir borracho, sin dinero y, si tienes suerte, sólo puñeteado.

 

El mercado modelo de Piura encierra entre sus fauces un mundo aparte. Un complejo de pasajes, que enmarcados por bares y cevicherías de mala muerte, lleva por nombre Moscú. Recorrer los alrededores es un viaje hacia lo paupérrimo y popular. De día, la luz del sol te sumerge en el ceviche y el libertinaje. De noche, las míseras lámparas, las chavetas de ladrones y los gemidos de las prostitutas te envuelven en otro mundo.   

Con espuma en la boca y convulsiones, un borracho tirado sobre la arena nos da la bienvenida. Cual Caronte agita la mano invitándonos a la hilera infernal de bares que protege. Un grupo de vagos lo analizan de pies a cabeza para saber qué robarle. Todo esto frente al bar “Mi conchita”, que en la noche sirve de prostíbulo donde se juntan perro, pericote y gatas.

 

Cucharada por cucharada, el sudado de caballa entra al macerado estómago de los hombres por cinco soles.

 

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Los problemas del trabajo, la familia y chistes colorados son los temas más tocados en las conversaciones. El tiempo pasa tan lento que la molicie amodorra a más de uno que cae sobre la mesa. Incluso hay unos dormidos producto de la borrachera. Y ni la escandalosa carcajada de las mujeres los logra despertar.

Sin señal alguna, todos los tricicleros del mercado se juntan a tomar las gotas de su cansancio. Antes el punto era donde ahora está la caja Municipal de Sullana. Ahora, el epicentro es un chicherío de mala muerte en lo más alejado del mercado.

Cada uno compra su bidón de cinco litros y lo bebe bajo la sombra de unos sacos de urea. Al pararse, la fermentación de la tradicional bebida hace efecto y empieza la pelea, donde los potos son la principal arma de batalla.

El potente sonido de los bares “Mi Jesús” y “Juanita” se entremezcla con el ritmo de los músicos ambulantes, que tarrito en mano van recibiendo la propina. En casi todas las mesas es común ver a una mujer muy poco vestida, que aloca con su risa y cuerpo a los caballeros ya locos por las curvas de la rubia embotellada.

 

El espectáculo desbordado no discrimina a nadie. Aquí la palabra prohibido se pierde  en la risa de unos pirañitas tan drogados y ebrios como sus maestros. Los delincuentes de ligas mayores, con bibidí y  polo en la cabeza, toman como descocidos y se pelean por enseñar el tatuaje más grande. El ganador, un hombre que no necesitó tinta para hacerlo. La filuda navaja se encargó de marcarle el pecho para siempre.

 

Conforme pasan las horas, las peleas de los borrachos se entremezclan con la de los mototaxistas y las damas de compañía. Cada uno pide parte del botín. Las mujeres en su mayoría se acercan a las mesas con sonrisa de niñas en busca de un trago. Los hombres caen rendidos ante sus estrepitosos encantos y al final son estafados con una gran cuenta. Para las prostitutas en la mañana se duerme. En las noches se goza; donde la barra de un local abandonado es cómplice inaudito de los forajidos gritos.

 

Si uno logra conquistar a una dama de compañía y sus deseos carnales no aguantan ni un minuto más, dentro de cada bar se da rienda suelta a los más bajos instintos del hombre. Y si eres conocido el alquiler va a cuenta de la casa. 

Caminar por las mesas es retar a cualquiera. Todos te miran con cara de pocos amigos y si los chocas un simple “Que te pasa conchatumare”, a cien decibeles inicia la función. Donde el espectáculo del puñete y la sangre no admiten gancho. Aquí, cada uno tiene el boleto asegurado.

 

La zona de Moscú adoptó como suyos los paralelos interiores del mercado. Hay dos filas que son la mera repetición del libertinaje capital. Si haríamos caso a la historia de Rusia las dos hileras de cerveceros y chicheros representarían a los bolcheviques y mencheviques, separados por calaminas metálicas. Si Lenin viera esto hubiera hecho una tercera revolución.

 En el interior de la zona algunos músicos hacen espectáculo. Aquí unos

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Dentro de los pasajes las cajas de cervezas se levantan como torres. Tras pasar por todas las mesas uno se marea  con el tufo de los bravos bebedores. Los homosexuales te ven pasar y te llaman para compartir una cerveza. Al no hacerles caso si les gustas mucho te siguen y hablan contigo. Por suerte, me perdí en los pasadizos, donde encontré a niños viendo pornografía en un televisor de 14 ‘centímetros’.  

El total abandono de este sector no perdona a nadie. El pecado abraza a todos y no los suelta jamás. Ningún policía aparece por la zona. Según Juan Carlos Folch, encargado de la administración del Mercado Modelo de Piura, es muy difícil controlar este sector por lo peligroso y arriesgado que es. Moscú es tierra de nadie, donde la ley es fijada por los mismos dueños de las cantinas.  

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A las seis de la tarde el estómago ruge como nunca y frente a cada bar una pizarra negra anuncia la cena del día. El menú es siempre el mismo. En los carteles  se lee: “Caldo a tres soles” y cada quién tiene su casero preferido. También las pancitas, los anticuchos de pollo y las últimas cucharadas del ceviche de cabezas de pescado son una buena opción. Ponerse a ver la calidad de los alimentos es un insulto a la pobreza. 

 

Al caer la noche, el escándalo desatado por las prostitutas y las señoras que retiran en hombros a sus maridos es escalofriante. Los niños observan el espectáculo del que poco a poco formarán parte como una sucesión en cadena. Son parte de una miserable cultura que sus padres se encargan de educar muy bien. Y si la familia de estos tiempos puede definirse como un grupo de personas que vive bajo la misma puerta, ese día en las fauces de Moscú era un grupo de mujeres que tenían a sus borrachos y a sus hijos bajo el mismo bar. ¡Salud!  

Eduardo Venegas

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